Bajo el cielo ardiente del
antiguo Egipto, cuando las arenas parecían mares dorados y el viento del
desierto hablaba como un espíritu antiguo, caminaban dos almas expulsadas de su
pueblo: un hombre llamado Kefrén y una
mujer llamada Nefernina.
Los
sacerdotes egipcios y los hombres de su ciudad no comprendían la unión que
había entre ellos. Decían que era impropio que un hombre como Kefrén, nominado
a ser un sacerdote egipcio al servicio de Ptah, rechazara ingresar al templo
por frecuentar a Nefernina, una mujer devota de Isis, además, entre ellos, se
trataran con tanta lealtad, respeto y cariño sin obedecer los caminos que otros
les imponían. No obstante, Kefrén y Nefernina no se habían jurado riquezas ni
coronas; solamente se habían prometido caminar uno al lado del otro mientras el
sol siguiera naciendo sobre las arenas. Y por ello, ambos fueron expulsados de
sus respectivos templos.
Durante tres días y tres
noches caminaron bajo el fuego del desierto. Sus sandalias se desgastaban
contra las piedras ardientes y el viento les cortaba el rostro como cuchillas
invisibles. La comida se redujo a unas pocas migas envueltas en tela, y el agua
sobrevivía apenas en una pequeña cantimplora de cuero.
Al caer la tercera tarde, Nefernina sintió que sus labios se secaban y
que las fuerzas abandonaban sus piernas.
Kefrén observó la pequeña cantimplora. Apenas quedaba un sorbo. Entonces
se la entregó.
—Bebe tú —dijo él con voz
cansada.
—¿Y tú, sen?
—Mi espíritu resistirá mientras el tuyo siga de pie, senet.
Ella bebió lentamente, con tristeza en los ojos, pues comprendió el
sacrificio silencioso que él hacía.
Siguieron avanzando con la esperanza de encontrar las orillas del gran Río Nilo. Pero el desierto parecía infinito, y los
vientos comenzaron a rugir con furia, levantando espirales de arena que
ocultaban el horizonte.
Finalmente, Nefernina cayó de rodillas.
—No puedo más… —susurró.
Kefrén, aunque sentía sus propios músculos temblar de agotamiento, sin
embargo, no dudó y la levantó con cuidado. La cargó sobre sus hombros.
Paso tras paso, atravesaron las dunas mientras el sol rojo descendía
lentamente sobre el horizonte.
Y para darle fuerzas, comenzó a entonar antiguos cánticos:
—Oh gran Ra, señor del disco dorado,
enciende tu fuego dentro del corazón de Nefernina.
Haz que sus pasos sean como alas de halcón
y que ninguna tormenta quebrante su espíritu.
Luego alzó la vista hacia el cielo encendido y continuó:
—Oh poderosa Isis, madre de la
sabiduría y guardiana de los débiles,
cubre con tus manos el alma de mi senet.
Que la fuerza de las estrellas repose en sus ojos
y que su corazón jamás conozca el abandono.
Nefernina escuchó aquellos versos mientras descansaba sobre sus hombros,
y aunque el cansancio seguía en su cuerpo, una pequeña sonrisa iluminó su
rostro.
—Tus palabras son más dulces que la miel, sen —murmuró.
Continuaron avanzando hasta que, al fin, el sonido del agua apareció
entre el rugido del viento. Era el Nilo. Las aguas brillaban como plata bajo el
atardecer.
Kefrén dejó caer lentamente
las rodillas sobre la tierra húmeda. Habían llegado. Pero ahora era él quien
había quedado sin fuerzas. Nefernina corrió hacia el río. Tomó agua entre sus
manos y volvió junto a él. Refrescó su rostro cubierto de arena y le dio de
beber lentamente.
Kefrén abrió los ojos y
sonrió débilmente.
—Senet… puedes seguir tu
camino. Si gustas, puedes dejarme aquí. Ve y sigue adelante, quiero que seas
feliz… aunque sea… sin mí.
Pero Nefernina negó con firmeza.
Entonces tomó las manos de Kefrén y comenzó a cantar:
—¡Oh eterno Osiris, señor de la
vida que renace!,
levanta el espíritu de quien nunca abandonó a su senet.
Haz florecer su fuerza como el Nilo después de la inundación.
Y después elevó su voz hacia el cielo del crepúsculo:
—¡Oh sagrada Isis, madre de las
alas protectoras!,
señora de la noche serena y del río que da vida,
derrama tu aliento sobre mi corazón, tu sierva, Nefernina
y concede mayor fuerza aún a mi sen,
Kefrén.
Que
sus pasos no se quiebren sobre esta arena ardiente,
que sus ojos vuelvan a brillar como estrellas sobre el Nilo,
y que sus manos recuperen la firmeza
para que resista los vientos del desierto con tu fuerza.
¡Oh Isis, guardiana de quienes se
aman con pureza!,
cubre a mi sen, Kefrén, con tu manto
de plata,
levántalo del cansancio y del dolor,
para que vuelva a caminar junto a tu sierva
bajo la eterna luz poderosa de Ra.
Los ojos de Kefrén se llenaron
de lágrimas silenciosas, nunca antes ninguna mujer había dedicado un canto a
los dioses por él, como lo hizo ella, su senet.
Entonces Nefernina lo observó con ternura y le preguntó:
—Kefrén respóndeme: ¿qué es lo que puedes ver y no ver a la vez?
Kefrén frunció el ceño, agotado y dijo:
—¿Qué es lo que puedo ver y no ver a la vez? Mmm… no conozco la
respuesta, senet.
Ella sonrió mientras el último resplandor del atardecer bañaba las aguas
del Nilo y respondió:
—La luz de Ra que ilumina mi corazón… y el amor que siento hacia ti, sen.
Kefrén la abrazó con fuerza y ternura en silencio.
Y así permanecieron juntos en la orilla del río, mientras el cielo se
teñía de oro y púrpura, descansando uno al lado del otro hasta recuperar las
fuerzas necesarias para continuar su camino. Ambos podrán estar lejos de su
gente, pero no estaban solos, pues se tenían el uno al otro.
Además, cuentan los antiguos escribas que el desierto jamás volvió a
parecerles un lugar vacío, porque donde dos almas se cuidan mutuamente, incluso
las arenas más solitarias pueden convertirse en un cálido hogar.
Lección:
Cuando dos personas se
quieren con sinceridad y se respetan de verdad, aprenden a sostenerse mutuamente
en los días de cansancio y dolor. El mundo puede juzgar, rechazar o intentar
separarlas, pero quien encuentra a alguien dispuesto a compartir el agua, la
carga y las fuerzas del corazón, posee un tesoro más valioso que todo el oro y
las riquezas de los faraones.
Escrito por Morker
6 de mayo de 2026
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Nota. La palabra sen (sn) en egipcio antiguo significa «compañero» y la palabra senet (snt) significa «compañera» en sentido especial.

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