52 | Nefernina y Kefrén

 


Bajo el cielo ardiente del antiguo Egipto, cuando las arenas parecían mares dorados y el viento del desierto hablaba como un espíritu antiguo, caminaban dos almas expulsadas de su pueblo: un hombre llamado Kefrén y una mujer llamada Nefernina.

Los sacerdotes egipcios y los hombres de su ciudad no comprendían la unión que había entre ellos. Decían que era impropio que un hombre como Kefrén, nominado a ser un sacerdote egipcio al servicio de Ptah, rechazara ingresar al templo por frecuentar a Nefernina, una mujer devota de Isis, además, entre ellos, se trataran con tanta lealtad, respeto y cariño sin obedecer los caminos que otros les imponían. No obstante, Kefrén y Nefernina no se habían jurado riquezas ni coronas; solamente se habían prometido caminar uno al lado del otro mientras el sol siguiera naciendo sobre las arenas. Y por ello, ambos fueron expulsados de sus respectivos templos.

Durante tres días y tres noches caminaron bajo el fuego del desierto. Sus sandalias se desgastaban contra las piedras ardientes y el viento les cortaba el rostro como cuchillas invisibles. La comida se redujo a unas pocas migas envueltas en tela, y el agua sobrevivía apenas en una pequeña cantimplora de cuero.

Al caer la tercera tarde, Nefernina sintió que sus labios se secaban y que las fuerzas abandonaban sus piernas.

Kefrén observó la pequeña cantimplora. Apenas quedaba un sorbo. Entonces se la entregó.

—Bebe tú —dijo él con voz cansada.

—¿Y tú, sen?

—Mi espíritu resistirá mientras el tuyo siga de pie, senet.

Ella bebió lentamente, con tristeza en los ojos, pues comprendió el sacrificio silencioso que él hacía.

Siguieron avanzando con la esperanza de encontrar las orillas del gran Río Nilo. Pero el desierto parecía infinito, y los vientos comenzaron a rugir con furia, levantando espirales de arena que ocultaban el horizonte.

Finalmente, Nefernina cayó de rodillas.

—No puedo más… —susurró.

Kefrén, aunque sentía sus propios músculos temblar de agotamiento, sin embargo, no dudó y la levantó con cuidado. La cargó sobre sus hombros.

Paso tras paso, atravesaron las dunas mientras el sol rojo descendía lentamente sobre el horizonte.

Y para darle fuerzas, comenzó a entonar antiguos cánticos:

—Oh gran Ra, señor del disco dorado,
enciende tu fuego dentro del corazón de Nefernina.
Haz que sus pasos sean como alas de halcón
y que ninguna tormenta quebrante su espíritu.

Luego alzó la vista hacia el cielo encendido y continuó:

—Oh poderosa Isis, madre de la sabiduría y guardiana de los débiles,
cubre con tus manos el alma de mi senet.
Que la fuerza de las estrellas repose en sus ojos
y que su corazón jamás conozca el abandono.

Nefernina escuchó aquellos versos mientras descansaba sobre sus hombros, y aunque el cansancio seguía en su cuerpo, una pequeña sonrisa iluminó su rostro.

—Tus palabras son más dulces que la miel, sen —murmuró.

Continuaron avanzando hasta que, al fin, el sonido del agua apareció entre el rugido del viento. Era el Nilo. Las aguas brillaban como plata bajo el atardecer.

Kefrén dejó caer lentamente las rodillas sobre la tierra húmeda. Habían llegado. Pero ahora era él quien había quedado sin fuerzas. Nefernina corrió hacia el río. Tomó agua entre sus manos y volvió junto a él. Refrescó su rostro cubierto de arena y le dio de beber lentamente.

Kefrén abrió los ojos y sonrió débilmente.

Senet… puedes seguir tu camino. Si gustas, puedes dejarme aquí. Ve y sigue adelante, quiero que seas feliz… aunque sea… sin mí.

Pero Nefernina negó con firmeza.

Entonces tomó las manos de Kefrén y comenzó a cantar:

—¡Oh eterno Osiris, señor de la vida que renace!,
levanta el espíritu de quien nunca abandonó a su senet.
Haz florecer su fuerza como el Nilo después de la inundación.

Y después elevó su voz hacia el cielo del crepúsculo:

—¡Oh sagrada Isis, madre de las alas protectoras!,
señora de la noche serena y del río que da vida,
derrama tu aliento sobre mi corazón, tu sierva, Nefernina
y concede mayor fuerza aún a mi sen, Kefrén.

Que sus pasos no se quiebren sobre esta arena ardiente,
que sus ojos vuelvan a brillar como estrellas sobre el Nilo,
y que sus manos recuperen la firmeza
para que resista los vientos del desierto con tu fuerza.

¡Oh Isis, guardiana de quienes se aman con pureza!,
cubre a mi sen, Kefrén, con tu manto de plata,
levántalo del cansancio y del dolor,
para que vuelva a caminar junto a tu sierva
bajo la eterna luz poderosa de Ra.

Los ojos de Kefrén se llenaron de lágrimas silenciosas, nunca antes ninguna mujer había dedicado un canto a los dioses por él, como lo hizo ella, su senet.

Entonces Nefernina lo observó con ternura y le preguntó:

—Kefrén respóndeme: ¿qué es lo que puedes ver y no ver a la vez?

Kefrén frunció el ceño, agotado y dijo:

—¿Qué es lo que puedo ver y no ver a la vez? Mmm… no conozco la respuesta, senet.

Ella sonrió mientras el último resplandor del atardecer bañaba las aguas del Nilo y respondió:

—La luz de Ra que ilumina mi corazón… y el amor que siento hacia ti, sen.

Kefrén la abrazó con fuerza y ternura en silencio.

Y así permanecieron juntos en la orilla del río, mientras el cielo se teñía de oro y púrpura, descansando uno al lado del otro hasta recuperar las fuerzas necesarias para continuar su camino. Ambos podrán estar lejos de su gente, pero no estaban solos, pues se tenían el uno al otro.

Además, cuentan los antiguos escribas que el desierto jamás volvió a parecerles un lugar vacío, porque donde dos almas se cuidan mutuamente, incluso las arenas más solitarias pueden convertirse en un cálido hogar.

Lección:

Cuando dos personas se quieren con sinceridad y se respetan de verdad, aprenden a sostenerse mutuamente en los días de cansancio y dolor. El mundo puede juzgar, rechazar o intentar separarlas, pero quien encuentra a alguien dispuesto a compartir el agua, la carga y las fuerzas del corazón, posee un tesoro más valioso que todo el oro y las riquezas de los faraones.

Escrito por Morker
6 de mayo de 2026

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Nota. La palabra sen (sn) en egipcio antiguo significa «compañero» y la palabra senet (snt) significa «compañera» en sentido especial.


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