50 | ¿Cuál es la diferencia entre «truco» y «magia»?

 


Cierto día, un joven de veinte años llamado Dérrick había quedado en encontrarse con un anciano mago en un café de la ciudad (Starbucks). Aquella tarde de verano era propicia para aprender algunos trucos, pues Dérrick llevaba en su casaca la única herramienta que todo aprendiz requería: una baraja de cartas.

Cuando llegó al café, advirtió que el anciano ya lo esperaba sentado. Lo saludó y tomó asiento. Tras hacer el pedido, y sin contener su entusiasmo, sacó rápidamente la baraja del bolsillo para que el mago le enseñara sus primeros trucos. Sin embargo, el anciano lo miró con serenidad y le dijo:

—Guarda eso. Aún no puedo enseñarte nada sin que antes me respondas una pregunta.

El joven se mostró sorprendido, pero replicó con firmeza:

—Adelante, dígame la pregunta y la responderé.

El anciano, tras percibir cierta seguridad en su tono, continuó:

—Muy bien. Tu determinación es buena. Ahora dime: ¿cuál es la diferencia entre «truco» y «magia»?

Dérrick creyó tener la respuesta; no obstante, antes de hablar, dudó. El mago, al notar su vacilación, añadió:

—Si gustas, puedo darte un hándicap; pero te aseguro que ni así responderás con certeza. Solo ofrecerás aproximaciones.

—¿Hándicap? ¿A qué se refiere?

—Puedes usar tu celular y preguntar a eso que llaman IA. Aun así, no darás con la respuesta.

Dérrick reflexionó. La pregunta, que para muchos parecería sencilla, no lo era tanto. El anciano insistió:

—Aunque la uses y me digas: «Ya me dio la respuesta y ya la sé», en realidad no será la respuesta. Por más que consultes a todas las IA, no te la darán como debe ser, muchacho. La pregunta es simple: ¿cuál es la diferencia entre «truco» y «magia»? ¿La sabes? ¿La tienes o no?

El joven guardó silencio. Finalmente admitió:

—No la sé. Lo siento.

El anciano sonrió.

—Muy bien, muchacho. Reconocer la propia ignorancia es el primer paso hacia el conocimiento. Verás: en los libros antiguos se dice que el «truco» es un acto que requiere preparación; algo dispuesto de antemano para producir un resultado determinado. Por ejemplo, mira esto.

El mago sacó una baraja de su saco y la colocó sobre la mesa.

—Divídela en dos mitades y dime con cuál quieres que me quede.

Dérrick eligió la de la derecha.

—Perfecto —continuó el anciano—. Tu elección me concede cuatro cartas valiosas y a ti, cuatro cartas preciosas.

Repartió cuatro cartas boca abajo para Dérrick y se reservó las otras cuatro, también boca abajo.

—Estas son los cuatro ases.

Las volteó: efectivamente, eran los cuatro ases. Dérrick sonrió, impresionado. El mago prosiguió:

—Ahora separa tus cartas una por una. Colocaré un as sobre cada una. Verás que las cartas que tienes debajo coinciden en color y palo con el as correspondiente.

El joven obedeció. Al voltear las cartas, comprobó que eran las cuatro reinas, cada una del mismo palo que el as que la cubría.

En ese momento, la camarera que había llevado las bebidas presenció la escena y quedó igualmente sorprendida. El mago agradeció con cortesía y, cuando ella se retiró, miró a Dérrick.

—Lo que acabas de ver es sorprendente, lo sé; pero es un truco.

—¿Un truco? —preguntó el joven, aún atónito.

—Sí. Porque la baraja estaba preparada.

El mago extendió el resto de las cartas: todas eran ases y reinas. Sin importar la elección, el resultado habría sido el mismo.

—En cambio —continuó—, en la magia no hay preparación. El resultado surge ex nihilo, de la nada, mediante palabras pronunciadas o ademanes precisos. Algunos sostienen que Dios es el gran mago, pues, según la Biblia, creó el mundo con palabras: fiat lux, y la luz se hizo. Permíteme mostrarte un ejemplo de lo que digo.

Pidió a Dérrick que tomara su propia baraja (la que el joven llevó en un inicio) y formara dos paquetes. Luego le indicó que volteara todas las cartas, excepto las dos últimas.

Cuando solo quedaban esas dos, el anciano fijó la mirada en él y declaró con voz firme:

—¡La carta de la derecha es un siete de picas! Y la de la izquierda, ¡un cuatro de diamantes!

Dérrick las volteó. Eran exactamente esas.

La sorpresa fue mayor: el mago no había tocado la baraja en ningún momento.

—¿Ves? —dijo el anciano—. No las tomé en ningún momento ni las revisé. Tú formaste los montones. Sin embargo, el resultado se dio. La magia es improvisación, espontaneidad; pero para realizarla es necesario conocer algo con profundidad.

—¿Conocer qué?

—Los números y dos colores: solo dos. Los antiguos magos egipcios, persas, babilonios y griegos sabían que para penetrar en los misterios y desentrañar los arcanos era indispensable comprenderlos. Esos dos colores representan la claridad y la oscuridad; la vida y la muerte.

Dérrick escuchaba absorto.

—El rojo —prosiguió el anciano— simboliza la vida y la sangre; el negro, la oscuridad y la muerte. Cuando entiendes esa dualidad y comprendes la lógica de los números, adviertes que la magia puede inclinarse hacia el bien o hacia el mal. Pitágoras lo sabía, por eso fue un gran matemático y a la vez, un poderoso mago. Ahora, lo verdaderamente misterioso es que la magia funciona invocando ciertas «potestades». Si la potestad accede, el acto prospera; si no, fracasa. La cuestión es cómo lograr que acceda.

Tomó una servilleta y escribió en latín: cum daemone pactum faciendum tibi est.

—Así lo consigna un libro titulado De praestigiis Daemonum et incantationibus ac veneficiis, escrito por el médico Johann Weyer y publicado en 1563.

Dérrick quedó pensativo. Preguntó si podía prestarle el libro.

—Sería inútil —respondió el anciano—. Está en latín. Tendrías que aprenderlo primero.

El joven comprendió entonces que aquella tarde no había sido en vano. Había descubierto la diferencia entre «truco» y «magia» y entendía que el verdadero aprendizaje apenas comenzaba. Estaba decidido a continuar bajo la guía de aquel anciano, discípulo del célebre mago Harry Kellar.

Fin.

Dato curioso. Johann Weyer nació el 24 de febrero de 1515 y falleció el 24 de febrero de 1588. Algunos clérigos de su época sostenían que su «magia de los números» revelaba el 6-6-6, el número de la bestia, por lo que Weyer tenía algún pacto demoníaco que lo impulsó a escribir su obra. Para llegar a esta conclusión, sumaban el día de su nacimiento (2+4=6) y las cifras del año (1+5=6 y 1+5=6): 6-6-6. Resulta llamativo que muriera el mismo día en que nació. Si se realiza una operación similar con la fecha de su muerte, se obtiene nuevamente una secuencia que culmina también en seis.

El Escritor Misterioso
19 de febrero de 2026


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